Los meses de diciembre y enero nos han regalado algunos bellos paisajes de viñedos nevados. De hecho, muchos elaboradores nos han felicitado el año con imágenes de sus bodegas y de sus cepas cubiertas por la nieve.
Casi todas estas fotos acentúan el recogimiento que viven las vides en esta estación. Una especie de periodo de hibernación o adormecimiento durante el cual se frena el flujo de savia en la planta. “El invierno es ante todo el final de un descenso otoñal, donde todo se retira a las raíces de la planta” ha escrito poéticamente Nicolas Joly en su libro sobre biodinámica “El vino del cielo a la tierra”.
El invierno, en realidad, es la estación olvidada de la vid porque, si se exceptúa la poda, apenas ocurre nada. Y salvo que el viñedo aparezca cubierto por la nieve como ha sucedido este año, tampoco suele ser la época preferida para fotografiarlo. Está demasiado austero; no hay exuberancia, sólo cepas desnudas.
Igualmente, cuando se habla de las condiciones básicas para que crezca la vid lo primero que se piensa es la temperatura necesaria para que la uva pueda madurar. Pero también es importante que pueda sobrevivir al invierno. Los problemas en este sentido empiezan con temperaturas inferiores a 20 grados bajo cero, algo que no preocupa habitualmente en países mediterráneos como el nuestro, aunque en estos días Utiel Requena llegó a 17 grados bajo cero, Haro (Rioja) a 11,5 bajo cero y Aranda de Duero (Ribera del Duero) a nueve bajo cero.
En Canadá, en algunos viñedos de climatología extrema en la zona de Prince Edward (Ontario) llegan al extremo de enterrar las cepas en otoño para volver a desenterrarlas cuando llega la primavera. O emplean costosos sistemas de aspas (como si de un helicóptero se tratase) para calentar el aire sobre las cepas, un sistema que puede hacer subir la temperatura unos cinco grados. Se sabe que uvas como la pinot noir y especialmente la riesling alemana que soporta inviernos extremadamente duros en su patria son especialmente resistentes al frío, pero aún así se quedarían cortas para estas latitudes. De ahí que en estas climatologías extremas se empleen variedades híbridas capaces de convivir con temperaturas especialmente gélidas, aunque sus nombres, claramente, estén fuera de los circuitos comerciales.
Un estudio realizado en viñedos de Quebec por expertos de la Universidad de Sherbrooke sugería que algunas cepas nobles sí podrían sobrevivir si pasaran el invierno cubiertas por la nieve. De hecho, se realizaron mediciones de temperatura que arrojaban registros de entre 0 a 4 grados en la parte de la planta cubierta por la nieve en una situación de temperatura ambiente de -30º C. Una capa de unos 10 centímetros de nieve (no tan de difícil de conseguir en esas latitudes), recomendaba la investigación, sería suficiente para proteger las cepas.
Sin llegar a estos extremos, la nieve tiene efectos muy beneficiosos para la vid. Hace unos semanas, Bartolomé Abellán, enólogo de Juan Gil, nos comentaba paseando por algunos de los viñedos más viejos de la bodega que era lo mejor para las cepas. “Nada limpia como la nieve”, decía. Limpia la madera, elimina hongos y produce un “efecto desinfectante” que sanea la planta. Y a esto hay que añadir el valioso aporte hídrico que va penetrando lentamente en el suelo.
Probablemente, dentro de unas semanas volveremos a preocuparnos del calentamiento global y del ascenso del grado alcohólico en los vinos españoles, pero estos días el frío y la nieve llenan todas las conversaciones. También en el vino.