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Reportaje

Bodegas familiares: la saga continúa


Un ejemplo de relevo generacional: en marcha: Fernando Remírez de Ganuza y su hija Cristina
La Revista todovino - A. Cervera (2 de marzo)
Tags: familias del vino   

Hay savia nueva detrás de muchos de nuestros vinos favoritos. Los creadores de Mauro, Remírez de Ganuza, Vallobera, Artadi, Pazo de Señorans o Carmelo Rodero empiezan a pasar el testigo a la siguiente generación.

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Nacido en 1977, Eduardo García es uno de los enólogos jóvenes más brillantes del país. Pero también es el hijo de un nombre mítico del vino español: Mariano García, creador de Mauro (probablemente el vino más famoso sin denominación de origen) y San Román (Toro), enólogo de lujo de Bodegas Aalto en Ribera del Duero y antes, durante 30 años, de Vega Sicilia.

En 2001, Eduardo empezó a trabajar en las bodegas de la familia con una visión del mundo del vino bastante más amplia que la que tenía su padre a su edad. Había estudiado dos años en la Escuela de la Vid de Requena y tres más en Burdeos, donde pudo hacer prácticas en Cos d’Estournel y en un gabinete enológico de asesoramiento a pequeños viticultores. También puede presumir de estancias de tres meses en la mítica bodega californiana Ridge Vineyards o en la firma borgoñona Hubert Lignier, en Morey-St-Denis.

¿Han cambiado tanto las cosas en el mundo del vino en los últimos 30 años? “En la generación de mi padre –contesta Eduardo– el vino lo hacía el enólogo y el centro era la bodega. La generación siguiente, que dispone de más tecnología y conocimientos enológicos, mejora notablemente la calidad y, por último, mi generación, de formación francesa, donde más esfuerzo pone y donde más invierte es en la viña”.

Considera que a partir de 2004 los vinos de la familia son menos intervencionistas como resultado de una viticultura que permite apoyarse más en la uva y menos en la enología. Pero no se trata de ninguna revolución: “Los grandes conceptos los tenemos claros; a mí siempre me a gustado la filosofía y los vinos que había en casa. Mauro, por ejemplo, está muy bien definido, pero la idea con Mauro VS y Terreus, que son vinos musculosos y potentes, es hacerlos más finos y elegantes”.

En la vecina Ribera del Duero, la jovencísima Beatriz Rodero, que todavía no llega a los 30 y se incorporó en junio de 2008 a la bodega que su padre fundó a principios de los noventa, comparte una visión similar: “Creo que lo que yo puedo aportar es un estilo de vinos menos rudo, con mayor sutileza y elegancia”.

Ella, que representa la quinta generación de una saga de viticultores, tiene hoy la responsabilidad técnica de la bodega. Después de estrenarse con una añada difícil como fue 2008, la última vendimia le ha dejado el ánimo muy alto aunque reconoce que se la jugó: apostó por esperar y le salió bien. De hecho, en Bodegas Rodero no empezaron a recoger uvas hasta mediados de octubre cuando, en una cosecha muy adelantada, muchas bodegas ya tenían los depósitos llenos.

De su padre, Carmelo Rodero, que ahora puede permitirse el lujo de viajar más aunque siga muy encima del viñedo, destaca su empeño e ilusión por hacer las cosas bien. “Es muy meticuloso, preciso y pulcro, y admiro su experiencia y su forma de ver la viña”.

Beatriz estudió ingeniería agrícola en Valladolid, luego vino el diploma de enología en Burdeos y de enero a mayo del año pasado ha estado recorriendo distintas bodegas de Sudáfrica para continuar su formación.

De Burdeos a Rioja
Burdeos parece ser un punto de partida común para muchos de estos jóvenes que están tomando el relevo o dando sus primeros pasos en bodegas familiares de renombre. Carlos López de Lacalle, el mayor de los tres hijos de Juan Carlos López de Lacalle (Artadi, Rioja Alavesa), también realizó allí sus estudios de enología y sus consiguientes prácticas en la casa Jean Pierre Moueix. Además trabajó en la bodega de Jean Claude Berrouet (el que fuera enólogo de Pétrus durante décadas), Vieux Château Saint André, en la denominación Montaigne St.-Émilion, y durante un verano en el grand cru Château Cheval Blanc.

Por contraste, su padre salió de la primera promoción de enólogos de la Escuela de la Vid de Madrid a mediados de los setenta y luego estudió perito agrícola en Pamplona. “Entonces –recuerda Juan Carlos López de Lacalle–, había un concepto de calidad productivo, pero no en cuanto a suelo, clima, añada… Nos preocupábamos del color, de que el vino no se picara, pero no como valores unidos a la estructura en boca o a la persistencia. La gran diferencia entre mi hijo y yo es que todo esto ellos lo saben desde el primer día; desde el primer día valoran la calidad intrínseca del vino”.

Quizás por eso Carlos considera que “un gran vino es siempre lo mismo: obtener una buena uva y manejar lo mejor posible la vinificación”. Pero también, intenta aportar de su cosecha: “En la medida en que mi padre me deja siempre hay pequeños detalles que se pueden introducir”.

Una de las cosas que más le sorprendió de Burdeos fue la gran organización de las vendimias frente a sus recuerdos de infancia en las que éstas siempre estaban repletas de estrés y alboroto. “En Pétrus en 2006, que fue un año muy lluvioso, en lugar de esperar a que la uva se recuperara y volviera a concentrar azúcares, nos dieron unas máquinas de soplar para secar los racimos, muy parecidas a las que usan aquí para retirar las hojas de las calles en otoño”.

Carlos se incorporó a la bodega familiar en julio de 2008 y desde entonces se ha dedicado a conocer todas las áreas de trabajo, campo, producción y comercial, aunque tiene bien clara su orientación enológica. Su primera prueba sobre el terreno ha sido en El Sequé, la bodega de Alicante en la que se trabaja fundamentalmente con monastrell y que Carlos considera que es muy diferente de la casa matriz en Rioja y de Artazu, la bodega que la familia posee en Navarra. “En Alicante –nos cuenta– el viñedo está en una sola parcela y hay que vendimiar las 30 hectáreas de monastrell de una vez. Por el clima, la uva llega más caliente a bodega y hay que tratarla con mucho cuidado, controlado las temperaturas en la fermentación para no perder fruta”.

En el mismo Laguardia donde están los cuarteles generales de Artadi, encontramos Bodegas Vallobera. Aquí Javier San Pedro Ortega (22 añitos recién cumplidos y acabando el grado superior de vitivinicultura) o “Javi Junior”, como le llaman para distinguirle de su padre, lleva haciendo pinitos entre barricas desde los 17 años. De hecho, está siendo el inspirador, junto al enólogo Pablo Echeverría, de una gama de vinos más moderna dentro de una casa que no puede considerarse precisamente clásica y que tiene a Finca Vallobera como su principal exponente.

De producción mucho más limitada, el actual top de Vallobera, Terrán, es fruto de la cabezonería de Javier de hacer un tinto a su manera. Consiguió que su padre le comprara un depósito de 2.500 litros para su primera vinificación y como el roble que le ofrecía para la crianza no era de su gusto, pasó tres meses trabajando de camarero por las noches para poder comprar las cuatro barricas de roble francés que quería. Tan bien fueron las cosas que el vino (que salió al mercado con la impactante etiqueta de una mariquita de color rojo chillón y sólo 1.500 botellas), se ganó los elogios de la crítica. Superada la prueba, en la cosecha 2006 su padre le dio libertad para elegir uva y barricas y llevar la producción hasta las 4.500 botellas.

Una vendimia junto a Rafael Palacios (As Sortes) en Valdeorras le permitió aplicar alguna experiencia aprendida con la godello gallega al original blanco la casa, Caudalia, y dar gusto a su padre, que es un enamorado de los blancos. Otro apoyo importante es su tío Carlos San Pedro (Bodegas y Viñedos Pujanza), uno de los enólogos más reconocidos de Rioja: “En el tema de la cata es quien más me ha enseñado”, asegura “Javi Junior”. Tío y sobrino acaban de hacer un tinto juntos a partir de vinos seleccionados de sus respectivas bodegas de la cosecha 2007, una añada de la que ambos están muy satisfechos y que ha sido especialmente buena en el municipio de Laguardia: “Es un tempranillo criado en roble francés, muy moderno e intenso. La intensidad es lo que más me gusta en el vino”, comenta Javier. Y la idea es volver a repetir la experiencia en cosechas de alta calidad.

No hay duda de que Javier tiene todo el empuje de la juventud. Si no, esperen a su pequeña locura que saldrá a finales de primavera, Terrán Perla, su Terrán de siempre pero con la variante de haber sido criado en el mar a cinco metros y medio de profundidad.

El vino, una filosofía de vida
Fue muy significativo ver, en la última Cata de los Lacres que reúne a una selección de los mejores vinos de La Guía Todovino, a las nuevas generaciones de algunas destacadas bodegas sirviendo y explicando los vinos a los asistentes con el mismo convencimiento y entusiasmo que sus padres.

Como en la mesa de Bodegas Remírez de Ganuza (Samaniego, Rioja Alavesa), firma fundada en 1989 por Fernando Remírez de Ganuza, al que a menudo nos hemos referido como el “bodeguero inventor” por su afición a crear innovadores artilugios con los que poder llevar a la práctica sus ideas en la elaboración.

Su hija Cristina estuvo presente a lo largo de todo el día y nos habló de la gran presencia que el vino tiene en la vida de los Remírez de Ganuza, empezado por el hecho de que la casa familiar está en la propia bodega, lo que hace que todo ese mundo “te entre por los poros”. De hecho, Cristina llegaba a decir: “La filosofía de nuestra bodega es una filosofía de vida y una forma de vivir. Eso es lo que vendemos: nuestra vida”.

Empezó a trabajar a tiempo completo en la bodega en septiembre de 2008. Tiene 28 años, es bióloga de formación y cursó un máster en enología, viticultura y marketing del vino. Ahora mismo coordina la parte comercial, relaciones públicas y comunicación y en vendimias ayuda en el laboratorio, aunque la idea es, poco a poco, ir quitándole trabajo a su padre. “Para mí –señala Cristina– es un orgullo poder seguir con el proyecto que inició mi padre y que he visto evolucionar desde niña. Aunque a veces sea complicado trabajar con él, es la persona que más admiro y mi referente, aunque haya veces que creo que se equivoca”.

¿Qué es lo que más le gusta del mundo del vino? “Que está en continua evolución; tienes que estar siempre al día y marcándote retos continuamente. Es un negocio en el que siempre se pueden hacer mejor las cosas. A veces es un poco ingrato, pero cuando alguien te dice que ha probado uno de tus vinos y que le ha gustado mucho, resulta muy gratificante”.

Cristina Remírez de Ganuza no fue un caso aislado. En la mesa de Pazo de Señorans, codo con codo con Marisol Bueno, gran impulsora de la variedad albariño, de la denominación Rías Baixas y de la capacidad de envejecimiento de sus blancos, estaba su hija Vicky que lleva algo más de tres años trabajando en el negocio familiar. Antes de esto, reconoce que la bodega ya tenía una presencia importante en su vida. Como para pedirse unas vacaciones en la cadena local de supermercados en la que trabajaba para estar en el stand de Señorans en alguna de las ferias más importantes del panorama vinícola español.

Nacida en 1976, Vicky Mareque estudió Administración y Dirección de Empresas, cursó un MBA, un máster en dirección de empresas vitivinícolas y trabajó en otras compañías antes de incorporarse a Pazo de Señorans. Lo que más le gusta de su trabajo es el trato con la gente y, muy especialmente, el poder compartir la pasión por el vino con todas aquellas personas con las que se relaciona.

¿Hay un choque generacional? “Mi madre –cuenta Vicky– tiene una gran capacidad de adaptación a los cambios y de evolucionar, de modo que no hay grandes diferencias. Los jóvenes, quizás, aceptamos mejor la modernización y aportamos un punto de vista diferente aunque a veces nos equivoquemos. Pero si le presento una idea coherente y que tiene sentido, no me cuesta nada convencerla”.

¿Qué opinan los padres?
Todas las bodegas a las que hemos aludido se enfrentan a su primer cambio generacional, o al menos a una fase de convivencia entre dos generaciones: fundadores y continuadores.

El caso de Mauro es paradigmático. A Mariano García se le ve perfectamente arropado por sus dos hijos, Alberto en tareas comerciales y Eduardo en el lado enológico. “Todos estamos en todo, aunque nos repartamos el trabajo”, señala Eduardo refiriéndose a sus colaboraciones enológicas o participaciones en otros proyectos, como Aalto, Leda, Paixar o Astrales. Catar con los tres en una reciente vertical de Mauro VS fue la mejor prueba de la naturalidad y eficacia con la que se está haciendo el relevo y la buena sintonía que se respira en la casa, aunque los comentarios más apasionados y vehementes vinieran –parece lógico– del más joven de la saga.

En Vallobera, Javi Junior se ha ganado la confianza de su padre. Javier San Pedro, de 43 años, fundó la bodega junto a su mujer Ana en 1987 para dar un paso adelante respecto al negocio familiar: “Mi padre –recuerda– se dedicaba a elaborar vinos a granel y a venderlos a otras bodegas y a mi me daba mucha rabia”. Para él su hijo representa el futuro y su ilusión es que haga las cosas mejor que él. Aunque a veces le vuelva un poco loco, se acuerda de que a su padre también le costaba ver sus vinos, con más fruta y potencia. “Ahora, Javi y Pablo hacen vinos menos duros que los míos, más afables, con mucha más fruta y madera”.

Marisol Bueno, una personalidad clave en la evolución de Rías Baixas en los últimos 20 años, se rinde ante lo evidente; “Lo lógico en una empresa familiar es que haya continuidad”. Y, desde luego, está encantada de que uno de sus hijos haya querido tomar el testigo. Lo mismo que le ha sucedido a Fernando Remírez de Ganuza en la figura de su hija Cristina, aunque de momento ni se le pase por la cabeza abandonar el negocio: “Yo creo que no me jubilaré nunca, porque me gusta lo que hago”.

Para Juan Carlos López de Lacalle, de Artadi, “la transmisión de valores en familia es fundamental en este tipo de negocios y no conozco ningún caso en el que no se haya producido. Basta pensar en grandes familias del vino como Mondavi, los Rothschild o Torres en España. Está claro que la primera y segunda generación se complementan. El problema son las generaciones venideras. De cara a la continuidad del negocio a veces se requiere un protocolo de sucesión que, desde el punto de vista económico, siempre es complicado”.

El modelo en esta línea podría ser la gran firma catalana Miguel Torres, que va ya por su quinta generación, aunque los tres nuevos miembros de ésta que se han incorporado en puestos directivos han tenido que seguir los rigurosos criterios que establece el protocolo familiar de la compañía. No es un problema que de momento deba preocupar a los Eduardo García, Beatriz Rodero, Carlos López de Lacalle, Javier san Pedro Jr., Cristina Remírez de Ganuza o Vicky Mareque. Si acaso, a sus hijos y a sus nietos.

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